Claves para entender los misterios del dolor

Sin dolor la vida no es posible, dice Tiberio Álvarez, y hay una paradoja: “Su ausencia es un infierno, quienes no lo sienten no sobreviven mucho tiempo”, sigue el anestesiólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y fundador de la Clínica de Alivio del Dolor y Cuidados Paliativos del Hospital Universitario de San Vicente Fundación.

Porque del dolor, como una experiencia en común, 20 % de la población adulta mundial lo padece, también se habló en la Fiesta del libro y la Cultura 2019. Álvarez, médico y autor de libros sobre este y alrededor de los cuidados al final de la vida, reveló algunos secretos sobre lo que ha aprendido por cerca de 40 años sobre cómo sortearlo.

Junto con Vicente Durán Casas, profesor titular de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Javeriana, y Ramón Maya, psicólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana, lo pusieron en debate desde el Parque Explora.

Aunque útil para conservar la integridad física –es una alerta de que algo está mal–, tiene un gran impacto sobre la calidad de vida y un efecto devastador en el enfermo terminal.

De acuerdo con cifras publicadas en estudio científico en BMC Public Health en 2011, aparece en un 40 por ciento de los pacientes en las etapas inicial e intermedias del cáncer y hasta en un 70 a un 90 por ciento en la fase terminal, donde su severidad, persistencia y el grado de afectación puede hacer que se describa como “dolor total”.

Este término fue utilizado por primera vez por la doctora británica Cicely Saunders para explicar que cuando no es aliviado, es capaz de convertirse en el centro de la vida de un ser humano porque contiene los siguientes elementos: físicos (daño tisular, compresión nerviosa), emocionales (depresión, insomnio, desfiguración, enfado, fatiga crónica), sociales (pérdida de la posición social, problemas económicos) y espirituales (sensación de culpabilidad, reproches e inseguridad ante la muerte).

Enigmático

El dolor crónico –diferente al agudo, que se da por ejemplo al golpearse el dedito pequeño del pie con la pata de la cama– varía de acuerdo a las condiciones externas, psicológicas, sociales, culturales y familiares en los que está inmerso el paciente. Álvarez narra una anécdota curiosa: cuando trabajó en una clínica estética veía menos dolor que cuando los pacientes se enfrentaban – con miedo– a una biopsia.

La sensibilidad al dolor es un misterio, dijo el doctor, quien ha visto a cientos de pacientes morir, “algunos sufriendo más que otros”. Por su parte, Durán manifestó que “en vez de hablar de la muerte hay que pensar en la vida”.

Evitar conversar sobre la fragilidad humana y su ineludible fin puede dificultar la aceptación de la muerte al final de la vida y Álvarez está convencido de que verbalizar deseos sobre ese momento, como no querer que lo “entuben o reanimen” podría disminuir el padecimiento.

Que si el dolor cambia con las culturas y las épocas es una pregunta que los profesores dejaron abierta. Ante la complejidad del asunto se requieren varias miradas que se entrelacen para explorar cómo disminuir el sufrimiento humano.


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